Sin embargo, esta reconfortante idea ha sido puesta en duda. El genetista de la Universidad de Stanford, Gerald Crabtree, lanzó una hipótesis provocadora: lejos de seguir progresando, los seres humanos estamos perdiendo capacidades intelectuales y emocionales. Según él, el punto álgido de nuestra inteligencia ya pasó, y desde el advenimiento de la civilización, hemos iniciado un lento pero constante declive genético.
¿Es posible que la misma civilización que nos enorgullece esté erosionando nuestro intelecto? ¿Nos estamos, en efecto, volviendo más tontos? La verdad, como suele ocurrir en la ciencia, es mucho más compleja y fascinante que un simple sí o no. Exploremos cuatro verdades sobre la evolución que desmontan mitos y revelan dónde nos encontramos realmente.
1. La evolución no es una escalera hacia el "progreso"
El primer error es pensar que la evolución tiene una meta o una dirección. Esta idea, conocida como ortogénesis, fue popular en el siglo XIX, pero ha sido completamente descartada por la biología moderna. La evolución no es un plan intencionado que busca crear organismos cada vez más complejos o "mejores".
La selección natural es un proceso mucho más pragmático y ciego: simplemente moldea adaptaciones para las circunstancias del momento. No tiene un plan a futuro. Cualquier cambio hereditario que mejore las probabilidades de supervivencia y reproducción en un entorno específico es, por definición, evolución. Esto significa que la evolución a menudo conduce a una disminución de la complejidad si eso resulta ventajoso. La naturaleza está llena de ejemplos:
* Los caballos: Sus ancestros tenían varios dedos en cada pie. Los caballos modernos solo tienen un único y robusto casco, una simplificación que les permite correr más rápido en llanuras abiertas.
* Las mandíbulas: La mandíbula de los mamíferos, incluida la nuestra, tiene muchos menos huesos que la de nuestros ancestros peces y reptiles, siendo una estructura más simple pero eficiente.
* Los humanos: Estamos en proceso de perder las muelas del juicio, que ya no son necesarias para nuestra dieta moderna. Además, hace mucho que perdimos la mayor parte de la cola que conservan otros mamíferos.
Por lo tanto, el concepto de "involución" o "evolución hacia atrás" carece de sentido en términos neodarwinianos. Si un rasgo se simplifica o se pierde porque ya no es útil o se vuelve un obstáculo, eso no es un retroceso; es simplemente la evolución haciendo su trabajo. Comprender que la evolución no tiene una "meta" es crucial, porque nos permite analizar con objetividad la provocadora idea de que, para la inteligencia humana, la flecha del tiempo podría no apuntar hacia arriba.
2. La provocadora teoría: La civilización detuvo nuestra evolución intelectual
Aquí es donde entra en juego la hipótesis de Gerald Crabtree. Él sostiene que el mayor desarrollo intelectual de la humanidad no ocurrió en la Atenas de Platón ni en la Florencia del Renacimiento, sino hace entre 50,000 y 500,000 años, cuando nuestros ancestros vivían como cazadores-recolectores.
Su razonamiento es el siguiente: en un entorno natural hostil, la supervivencia era una prueba diaria. Un error de cálculo al cazar, una mala interpretación de las huellas de un depredador o una incapacidad para innovar en la fabricación de herramientas significaba, literalmente, la muerte. La presión de la selección natural era implacable, favoreciendo a los individuos más inteligentes, creativos y emocionalmente estables. No había margen para los "débiles físicos o mentales".
Según Crabtree, todo cambió con la llegada de la agricultura y los asentamientos urbanos. La vida en comunidad creó un "colchón" protector. La sociedad comenzó a cuidar de sus miembros, permitiendo que incluso los menos dotados intelectual o físicamente pudieran sobrevivir y reproducirse. La selección natural sobre los genes de la inteligencia se relajó drásticamente.
Según esta hipótesis, la supervivencia de los seres humanos dejó de depender de la interrelación entre los genes de los más aptos y la selección natural de los mismos, y las personas dejaron de estar sometidas a las reglas de la evolución biológica.
En resumen, la tesis de Crabtree es que la civilización, al protegernos de las duras realidades de la naturaleza, detuvo el motor que impulsaba nuestra inteligencia hacia adelante.
3. No son tus genes, es el mundo moderno (y lo que comes)
¿Son realmente los genes los culpables de un posible declive cognitivo? Antes de culpar a nuestro entorno, es fundamental señalar que, incluso a nivel genético, la hipótesis de Crabtree es controvertida. La biología evolutiva moderna ofrece potentes contraargumentos. La selección purificadora, por ejemplo, no necesita ser brutal para ser efectiva; actúa constantemente para eliminar mutaciones altamente perjudiciales del acervo genético, evitando un deterioro descontrolado. Además, la Teoría Neutral de la Evolución Molecular de Motoo Kimura postula que la mayoría de las mutaciones genéticas son neutras y no tienen efecto sobre la aptitud, lo que refuta la idea de que toda acumulación de mutaciones equivale a una degradación.
Con este marco genético en mente, la mayoría de la comunidad científica apunta hacia explicaciones mucho más directas y comprobables: nuestro entorno moderno. Diversos estudios sugieren que factores ambientales, dietéticos y tecnológicos están afectando directamente nuestro cerebro.
* Exposición a químicos: Estudios han encontrado una relación significativa entre la exposición a químicos comunes y un menor coeficiente intelectual en niños. Entre los sospechosos se encuentran los fluoruros en el agua potable y el pesticida clorpirifós, que ha demostrado causar cambios permanentes en el desarrollo cerebral.
* Dieta moderna: Un revelador estudio de la UCLA con ratas mostró el impacto de nuestra alimentación. Un grupo de ratas fue alimentado con una dieta rica en fructuosa (un ingrediente omnipresente en alimentos procesados y bebidas azucaradas). Estas ratas se volvieron significativamente más lentas para resolver un laberinto en comparación con el grupo de control, mostrando una clara disminución en la actividad sináptica de sus cerebros.
Además de lo que ingerimos, la forma en que interactuamos con el mundo ha cambiado radicalmente. Las nuevas tecnologías también impactan nuestras capacidades cognitivas:
* El ensayista Nicholas Carr argumenta que Internet, con su flujo constante de información fragmentada y estímulos rápidos, está mermando nuestra capacidad de atención, concentración y pensamiento profundo.
* El futurista Raymond Kurzweil señala que la tecnología, al externalizar funciones cognitivas (como recordar números de teléfono o realizar cálculos), impide que desarrollemos habilidades como la memoria y el cálculo mental.
Estas causas ambientales y tecnológicas ofrecen una explicación mucho más plausible para cualquier fluctuación observada en las capacidades cognitivas que una lenta e indemostrable "involución" genética.
4. La peligrosa historia detrás de la idea de "involución"
La idea de que la humanidad está degenerando no es nueva, y su historia es oscura. Nace de las ansiedades sociales del siglo XIX, mucho antes de que tuviéramos un conocimiento sólido de la genética.
En 1857, el médico francés Bénédict Morel desarrolló su teoría de la "degeneración" en su obra Traité des dégénérescences physiques, intellectuelles et morales de l'espèce humaine. Influenciado por las ideas lamarckianas sobre la herencia de los caracteres adquiridos, creía que factores ambientales como el alcoholismo o la pobreza podían causar una degradación hereditaria, haciendo que las generaciones sucesivas revirtieran a un estado más "primitivo".
Esta fue la semilla del movimiento de la eugenesia. Sir Francis Galton, primo de Charles Darwin, acuñó un término para su mayor temor, la disgenesia: esencialmente, la idea de que la evolución estaba operando a la inversa.
La idea de que la civilización, al revertir la selección natural, estaba promoviendo la reproducción de los "menos aptos" a expensas de los "más aptos".
Galton y sus seguidores temían que las clases bajas y los grupos considerados "inferiores" tuvieran más hijos que la élite intelectual, llevando a un inevitable declive de la sociedad. Estas ideologías de "higiene racial" y degeneración encontraron su expresión más brutal en las políticas del Tercer Reich, que las utilizó para justificar la esterilización forzada y el genocidio. Tras la Segunda Guerra Mundial, la eugenesia y sus conceptos asociados fueron abrumadoramente desacreditados.
Por estas razones, las narrativas de "involución" son vistas con extrema cautela. No solo son científicamente insostenibles, sino también éticamente peligrosas, ya que pueden resucitar el determinismo biológico y ser utilizadas para justificar la desigualdad y las jerarquías sociales.
Conclusión: El reloj de la evolución no se ha detenido, ha cambiado de arena
Rechazar estas peligrosas ideologías del pasado no significa ignorar la pregunta sobre nuestro presente. De hecho, nos obliga a examinarla con mayor rigor científico y responsabilidad ética. No hay evidencia sólida que respalde la idea de que estamos "involucionando" genéticamente, pero eso no significa que la evolución humana se haya detenido. Simplemente ha cambiado de escenario.
Hoy, la selección opera en la "selva urbana". El entorno social, cultural y tecnológico que hemos construido es la nueva fuerza que moldea nuestra especie. Si nuestro entorno social y tecnológico es ahora la principal fuerza que nos moldea, ¿qué habilidades y rasgos estamos seleccionando para el futuro de la humanidad?


